Dar las gracias cuando el regalo duele

Estás sentado en tu sitio en la mesa, con el tema musical de la NFL sonando detrás de ti y un plato lleno de pavo y camote delante de ti. Inclinas la cabeza y cierras los ojos cuando alguien en la cabecera de la mesa da las gracias. Abres los ojos, y el tenedor de relleno está a medio camino de tu boca cuando otro miembro de la familia hace la clásica pregunta."¿Por qué estás agradecido este año?"

Si eres como yo, las respuestas que te vienen a la cabeza son algo parecido a esto: Estoy agradecido por mi familia. Mis amigos. Mi salud. Mi trabajo. Mi casa. Mi libertad. Mi fe.

Nos gusta dedicar este momento a nombrar las bendiciones evidentes de nuestra vida, las personas, las circunstancias y las cosas que nos llenan de alegría. Y hacerlo es una hermosa práctica. A Dios le encanta recibir la gloria por las cosas buenas que nos ha dado. Él aprecia cuando nos tomamos tiempo para agradecerle por las formas en que hemos experimentado su abundante bondad.

Pero, ¿y si las respuestas sonaran así? Estoy agradecido por...

Mi diagnóstico de cáncer.

Mi accidente de coche.

Mi profunda pérdida.

Mis problemas económicos.

Mi enfermedad mental.

Una relación difícil.

¿Qué pasaría si empezáramos a nombrar las cosas difíciles de nuestra vida como bendiciones? ¿Si nos sentáramos alrededor de la mesa en Acción de Gracias -o alrededor de la mesa un martes de julio por la noche- y expresáramos gratitud por la llamada telefónica que nos hizo llorar esa mañana? ¿La relación que nos hace arrodillarnos a orar varias veces al día? ¿La ansiedad que nos mantiene despiertos hasta altas horas de la noche, suplicando a Dios que nos libere de la constante sensación de miedo que retumba en nuestro pecho?

Antes de continuar, quiero que sepas que éste no es un mensaje de positividad tóxica. Servimos a un Dios que nos permite e incluso nos anima a lamentarnos por el quebranto de este mundo, a abrazar todo el espectro de las emociones humanas.

Si dudas de esto porque has sido alimentado con un mensaje diferente de la iglesia, sólo mira a Jesús en el Jardín de Getsemaní o en la tumba de Lázaro. Incluso nuestro Salvador, completamente Dios y completamente humano, experimentó emociones "negativas" como el miedo, la pena, el dolor y la ira. Él no fue inmune a los dolorosos efectos de la caída, y tampoco espera que nosotros lo seamos.

No sé si alguna vez llamaría regalo a algo como el cáncer o la depresión. Tampoco creo que Dios lo hiciera. El dolor y la muerte no formaban parte del diseño original de Su creación. Tampoco está en Su plan para Su creación redimida. Son producto de la maldición bajo la que todos vivimos, la que nosotros mismos trajimos cuando elegimos ser nuestros propios dioses.

Pero sí creo que el Dios verdadero es lo suficientemente bueno y poderoso como para sacar dones incluso de las partes más rotas de nuestras vidas. (Romanos 8:28) Lo sé porque lo he experimentado por mí misma. Una y otra vez he visto a mi Dios aparecer en los lugares que parecían irredimibles.

Él me ha liberado de años de vivir como esclava del miedo y la ansiedad.

Ha sido fiel durante la pérdida de seres queridos.

Ha sido un dulce amigo para mí durante casi tres décadas de soltería. (Y Él, junto con algunos muy buenos amigos, son ahora una fuente de sabiduría y paz mientras navego por mi primera relación).

Él ha tomado mi vergüenza más profunda y la está convirtiendo en una historia que me permite gritar Su gloria.

No, nunca me he sentado en una mesa de Acción de Gracias y he proclamado gracias por mi trastorno de ansiedad o por mis abuelos que murieron demasiado jóvenes. Pero cuando pienso en cómo el Señor ha utilizado estas horribles circunstancias para acercarme a Su corazón, descubro que mi propio corazón comienza a rebosar de gratitud. Cuando tienes un Dios que eligió soportar el mayor sufrimiento posible a causa de Su amor por ti, puedes confiar en que Él convertirá tu propio sufrimiento en algo hermoso.

Lo usará para convertirte en alguien como Él.

Así que abro los ojos llorosos por la oración de la cena y me tomo un momento para dar gracias a Dios por el regalo invisible de un alma que se parece un poco más a mi Salvador.

Luego susurro amén y atacó esos camotes.


ACERCA DE NUESTRA BLOGUERA

Kati Lynn Davis creció en el condado de Chester. Tras una breve estancia al otro lado de Pensilvania para obtener un título de escritora en la Universidad de Pittsburgh, regresó al área y consiguió un trabajo en una biblioteca local. Cuando no está escribiendo, a Kati le gusta leer, dibujar, ver películas (¡especialmente de animación!), beber té de burbujas, pasear con sus gatos y salir a correr muy despacio. Kati está bastante segura de que es un Eneagrama 4, pero constantemente tiene una crisis de identidad al respecto, así que afortunadamente está aprendiendo a arraigar su sentido del ser en Jesús.

ACERCA DE NUESTRA TRADUCTORA

Maritza Zavala Smith nació en Guanajuato, México, y se trasladó a los Estados Unidos cuando tenía siete años. Estudió Salud Pública en Penn State, donde conoció a su esposo. Llevan 8 años casados y tienen dos niños gemelos y una bebe. A Maritza le encanta viajar y bailar salsa. Cuando no está deleitándose con el té verde matcha con leche y estando al aire libre con sus seres queridos, puedes encontrarla aventurándose con su tribu a través de los libros.