La vida en forma de cruz de Elisabeth Elliot

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El mundo cristiano se vio profundamente sacudido hace 70 años, cuando cinco jóvenes misioneros —Jim Elliot, Nate Saint, Roger Youderian, Ed McCully y Pete Fleming— fueron asesinados en lo más profundo de la selva amazónica del Ecuador. Los hombres habían estado lanzando regalos desde su avión para establecer contacto con el pueblo indígena waorani, con el fin de llevarles el evangelio. Al intentar su segundo encuentro cara a cara en territorio waorani, este pueblo, profundamente desconfiado de los forasteros, asesinó brutalmente a los cinco misioneros estadounidenses.

Elisabeth Elliot, viuda de Jim, relató esta historia en A través de las puertas del esplendor. Conozcas o no su nombre, la vida y la obra de Elisabeth merecen nuestra atención.

Su historia alcanzó notoriedad internacional cuando la revista Life cubrió el acontecimiento. En el momento de la muerte de su esposo, Elisabeth tenía una hija de apenas diez meses, Valerie. Aun así, decidió quedarse y continuar trabajando en Ecuador. Como madre soltera en el campo misionero, adoptó un enfoque práctico para la vida: hacer lo siguiente. Esa determinación, guiada por la oración, le permitió atravesar la incertidumbre y el dolor avanzando paso a paso. Era la única manera de responder a las exigencias de cada día.

Con el paso del tiempo, el pueblo waorani permitió que Elisabeth viviera con ellos, y finalmente algunos llegaron a creer en el mensaje del evangelio.

La vida de Elisabeth estuvo marcada por reflexiones profundas sobre el cristianismo, la cultura, la obediencia a Dios y, de manera especial, el sufrimiento y la soledad. A lo largo de su vida escribió extensamente —alrededor de 35 libros— sobre su caminar de fe.

Al prepararme para escribir sobre Elisabeth, he podido reencontrarme con la belleza de sus palabras y la agudeza de su pensamiento. Mantuvo diarios detallados en los que registró sus luchas con el sufrimiento, la fe genuina, las relaciones y la duda.

Uno de mis libros favoritos es Estas extrañas cenizas, que narra su primer año como mujer soltera en el campo misionero. Después de pasar un tiempo en Quito estudiando el idioma, Elisabeth fue enviada a trabajar con un pueblo indígena llamado los Colorados. Su propósito era desarrollar una forma escrita de su lengua para, eventualmente, traducir el Nuevo Testamento. Durante ese año descubrió verdades difíciles y experimentó pérdidas significativas.

Una de sus primeras observaciones al internarse en la selva fue que había sido “dejada en un pliegue deshabitado de la tierra”. Admiro su valentía al sumergirse en ese mundo. Como lingüista talentosa, Elisabeth aprovechaba cada oportunidad para relacionarse con el pueblo colorado, aprender sus costumbres y escuchar su manera de hablar. A menudo asumía el riesgo de viajes peligrosos por la selva, pero al mismo tiempo se maravillaba con cada ave o insecto “extraño y maravilloso”. Vivió la lluvia como nunca antes, citando a Job cuando describía la lluvia como “el volcar de los odres de agua del cielo”.

En ese entorno remoto, su fe fue puesta a prueba, especialmente cuando todos sus esfuerzos parecían no dar fruto. Sin embargo, llegó a la convicción de que la historia de Dios para ella no terminaría en cenizas. Sabía que “los Brazos Eternos no habían soltado su abrazo”.

Los escritos de Elisabeth fueron muy apreciados por la comunidad evangélica, hasta que sus libros dejaron de encajar en el molde de un cristianismo triunfalista. Ella contaba la historia tal como la veía, sin ofrecer un “cristianismo maquillado” ni una versión suavizada de la fe. El rechazo y las críticas severas no tardaron en llegar, pero Elisabeth sabía que una fe auténtica reconoce el dolor y las decepciones del camino, no solo las victorias y las alegrías.

Elisabeth escribió una biografía sobre una de sus mayores inspiraciones: Amy Carmichael, misionera inglesa en la India. Amy llegó a ser madre de cientos de huérfanos. El libro concluye describiéndola como una mujer que amó al Señor y que “lo apostó todo a la fidelidad de Dios”. La influencia de Amy fortaleció a Elisabeth para seguir adelante, sin importar la opinión de los demás.

Doce canastas de migajas, un libro de ensayos, se destaca por su ingenio y su clara observación tanto de los demás como de sí misma. En varios pasajes, sus palabras dan vida a la naturaleza, como cuando escribe sobre el mar:

El océano puede enseñarnos muchas cosas. El cambio es su esencia… Las olas llegan, barren la orilla, se retiran y vuelven a llegar… el oleaje y la cresta… el verde cristalino que se vuelve blanco lechoso, la espuma, las burbujas, la delgada lámina que se desliza suavemente hacia atrás y desaparece… pero cada cambio está en perfecta armonía con la naturaleza del océano.

Elisabeth observó que Jesús instruyó a sus discípulos a recoger las migajas después de alimentar a los cinco mil. Ella utiliza las canastas como una metáfora para no desperdiciar ni siquiera las migajas de la mesa de la gracia de Dios.

Una biografía reciente en dos volúmenes, Llegar a ser Elisabeth y Ser Elisabeth, escrita por Ellen Vaughn, captura la esencia de su vida. Elisabeth creció en Germantown, Pensilvania, y en Moorestown, Nueva Jersey. Sus años en el querido Wheaton College ampliaron su comprensión del compromiso con Cristo y el ministerio. Descubrimos que disfrutaba profundamente los viajes a las Montañas Blancas, donde vacacionaba en su niñez, describiéndolas como el “vestíbulo del cielo”. Allí se estableció con Valerie después de dejar Ecuador. Amaba las tazas de té (una afinidad que comparto). También reconocía sus propias debilidades, escribiendo en su diario: “¡Ay, soy ridícula; Dios, ayúdame!”. A lo largo de su vida enfrentó diferencias difíciles con colegas y con frecuencia fue incomprendida.

Sus palabras arden con pasión y, a veces, con frustración, pero siempre están ancladas en la fe. Su escritura resulta especialmente poderosa cuando aborda el sufrimiento y la soledad. Como mujer que enviudó dos veces, Elisabeth conoció profundamente el camino del dolor. Creía que “sea lo que sea que esté en la copa que Dios me ofrece —dolor, tristeza, sufrimiento y duelo, junto con muchas alegrías— estoy dispuesta a aceptarlo porque confío en Él”. Esta verdad la sostuvo.

También escribió: “Ser seguidor del Crucificado significa, tarde o temprano, un encuentro personal con la cruz. Y la cruz siempre implica pérdida”. A través de sus luchas y de estos encuentros con la cruz, comprendió que el sufrimiento y la soledad son dones de Dios que la moldearon y la acercaron aún más a Él. Aprendió a aceptar, y al aceptar el dolor de su vida, lo devolvió a Dios en una entrega total.

Este homenaje a Elisabeth Elliot ha sido para mí una alegría, al redescubrir el carácter de esta firme defensora de la fe. Deseo leer más de sus escritos porque su confianza en Dios fue inquebrantable. Su vida, formada por el sufrimiento y por su identificación con Cristo y Su cruz, me da nuevos ojos para ver cómo Dios me ama lo suficiente como para transformarme. Por eso, yo también anhelo más de Él.


Para más recursos y pódcasts sobre Elisabeth, visita elisabethelliot.org. Elisabeth Elliot falleció en 2015. Su fundación busca promover esperanza en medio del sufrimiento, restauración en el conflicto y gozo en la obediencia al Señor Jesucristo.


ACERCA DE NUESTRA BLOGUERA:

Linnea Tideman siempre ha disfrutado compartiendo historias. Su infancia en New Hampshire y su herencia sueca le han proporcionado una gran cantidad de experiencias, pero también la base de su fe. Le gustan los proyectos creativos, los viajes, los libros, la costura, la jardinería, pero sobre todo la hospitalidad, a menudo organiza elegantes tés y ocasionalmente algo grandioso como recrear la cena en el Titanic. Sirve en los ministerios de UrbanPromise y Good Neighbors. Linnea vive en Landenberg con su esposo Dave. Tienen tres hijas mayores. Ella espera que sus escritos reflejen cómo Dios continúa revelándose a nosotros como nuestro pastor y Salvador.

ACERCA DE NUESTRA TRADUCTORA:

Liliana Daza es la hermana mayor de 4 hijas de una familia colombiana muy conservadora. Oriundos de un pequeño pueblo ubicado en el Oriente de Colombia en frontera con Venezuela donde creció y pasó su niñez. Luego se mudó a la capital para terminar sus estudios superiores en el área de tecnología. En el año 2011 se trasladó a los Estados Unidos junto con su familia debido a una oportunidad laboral. Desde temprano, Liliana ha sentido un llamado para servir y apoyar a la comunidad, por lo que aprovecha cada oportunidad que Dios pone en su camino para este propósito. Liliana disfruta de un buen café negro, viajar, comer buena comida, especialmente cuando viaja. Liliana hace parte de la Iglesia Willowdale en español casi desde sus inicios.